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A 50 años del golpe: que digan dónde están

  • 24 mar
  • 23 Min. de lectura

Actualizado: 29 mar


A 50 años del golpe, el “Nunca Más” sigue en disputa. No como consigna vacía, sino como pregunta abierta: qué significa hoy, qué exige, qué incomoda. En Bariloche, cinco voces lo dicen desde lugares distintos —la militancia, la memoria familiar, la justicia, el arte— pero con un hilo común: el pasado no está cerrado.


Para algunos, la memoria es resistencia. Para otros, una herida que no termina de cerrar. Hay quienes la viven como motor de lucha y quienes la piensan como un ejercicio crítico, incómodo, en permanente revisión. Pero en todos aparece lo mismo: sin memoria, no hay presente que se entienda ni futuro que se pueda construir.


Las historias que siguen hablan de desapariciones, sí, pero también de lo que vino después: familias desarmadas, búsquedas que continúan, identidades que todavía se reconstruyen. Hablan de lo que dejó la dictadura en los cuerpos, en las casas, en la vida cotidiana. Y de algo más: de cómo esa marca sigue operando hoy.


En ese cruce entre pasado y presente aparecen tensiones. Hay quienes ven continuidades en el modelo económico, en la violencia institucional, en los discursos que vuelven. Hay quienes advierten sobre el riesgo del negacionismo. Y también quienes plantean que la memoria, si no se actualiza, si no dialoga con los problemas actuales, corre el riesgo de quedar encapsulada.


Porque si algo dejan en claro estas entrevistas es que la memoria no es un bloque único. Es un territorio en disputa, hecho de relatos que se cruzan, se contradicen, se completan. Un tejido colectivo donde conviven el dolor, la bronca, la esperanza y, también, la posibilidad de pensar algo distinto.


A medio siglo del terrorismo de Estado, la pregunta ya no es solo qué pasó. Es qué hacemos con eso.



La Chena


- De nuevo, ¿cómo me dijiste que era tu nombre?

- Fede.

  - Ay, sí. Perdón, Fede. Es que últimamente la memoria a corto plazo está un poco floja. Igual, ojo, eh, la memoria de raíz, la esencial, esa es implacable y está impecable.


Elena Chena, de 73 años, vivió el terrorismo de Estado en la Argentina en primera persona. Fue secuestrada en Santa Fe durante la última dictadura cívico-militar.


Estuvo casi un año desaparecida en un centro clandestino de detención y luego fue “blanqueada” y trasladada a la cárcel de Devoto. Ahí estuvo detenida tres años. El traslado ocurrió en un avión Hércules, esposada a otra detenida, que terminaría siendo su amiga hasta hoy. Ese pasaje del circuito clandestino a la cárcel forma parte del círculo represivo que articulaba centros clandestinos y prisiones legales durante la dictadura.


Atiende el teléfono con un cariño inmediato y una voz sorpresivamente joven. Sonríe —se nota aunque no pueda verla; hay sonrisas que se escuchan—, y agradece varias veces que queramos escuchar su historia. Que alguien la registre.


Integrante de una generación que se politizó con las luchas obreras y estudiantiles de fines de los años sesenta —con el Cordobazo, la protesta obrero-estudiantil en oposición a la dictadura de Onganía, como una de sus piedras fundacionales—, la Chena sostiene un compromiso activo con la memoria, la transmisión de la historia y la defensa de los derechos humanos.


- ¿Y para vos qué es memoria?


Antes de responder, dice que mejor es empezar por el principio, que son los años setenta y sus comienzos en la militancia. Los setenta fueron “el despertar de muchas cosas: el despertar de una conciencia colectiva, el despertar de la mujer en la calle.”


—La memoria es tener presente un pasado. Tener presentes a nuestros muertos, a nuestros asesinados, a nuestros torturados. Pero también es cierto que la memoria parece el cuento de Caperucita Roja, ¿viste? Mi memoria y la memoria de todos nosotres es una memoria que a muy poca gente le importa.


Por eso cree que hay que volver a mostrar lo que pasó.


A las fotos de los desaparecidos.


A sus nombres.


A sus historias.


— Creo que hay que volver al recuerdo del horror. Sin miedo. Y es por eso que ahora son ustedes, los jóvenes, quienes tienen que construir. Porque la única guerra que se pierde es la que no se pelea.

Porque borrar la memoria también es una estrategia política.


Para ella, recordar no es solo mirar hacia atrás. Para ella la memoria sirve para dar sentido, porque sin memoria no hay sentido. Porque memoria es resistir. Algo que puede ser muy simple y muy difícil a la vez. Recuerda: —La resistencia muchas veces... era sobrevivir.


— Yo perdí muchas cosas, las más valiosas de mi vida. Pero hay una que no perdí, por suerte, que es la memoria en el cuerpo, en el alma y en la cabeza.



El comienzo: una chica de uniforme en el Cordobazo


Cuando Elena habla de su militancia, subraya un momento.


El 29 de mayo de 1969.


El día del Cordobazo.


Tenía diecisiete años y estaba en la secundaria. Esa mañana salió de su casa con uniforme escolar y un pantalón escondido en una bolsa.


—Mi mamá estaba con la llave en la puerta para que no saliera —recuerda—. Pero cada vez que se cierra una puerta, se puede abrir una ventana.


Literalmente.


Fue lo que le dijo la hermana. Y ella aprovechó. Le pisó las costillas y salió cagando por la ventana de su casa, caminó varios kilómetros hasta la fábrica Materfer y se sumó a una de las columnas obreras que marchaban hacia el centro de Córdoba.


—Me dieron un fajo enorme de volantes. Pesaba más que yo —cuenta—. Me habían dicho: “Siete de la mañana, puerta de Materfer, reparta todos los volantes y marche con los compañeros”.


Fue su bautismo político.


—Marché desde Materfer repartiendo volantes. Y cuando llegamos al centro, era un quilombo total. Ahí me dieron tres bolsas de bolitas.


Me explicó para qué servían. Pero esa es otra historia.


Ese día empezó su militancia.


Argentina, hoy


Cuando hablamos de la situación actual del país, no le da muchas vueltas al asunto y habla de un paralelismo preocupante.


—La diferencia es mínima y es máxima —explica—. Máxima porque este gobierno fue elegido democráticamente. Pero al mismo tiempo es mínima, porque está avanzando sobre nuestros derechos básicos.


Aclara que lo de hoy no es lo mismo que una dictadura, pero señala la gravedad de una resignación generalizada que en los setenta no existía.


— Este gobierno ha eliminado derechos constitucionales. El derecho a la huelga, el derecho a la marcha, el derecho a la protesta. Y la gente no reacciona. Está resignada —dice.


Habla del aumento del costo de vida, del hambre, de los negocios que cierran.


—La gente se está cagando de hambre. De cada cuatro negocios, uno está vacío.


Pero lo que más la inquieta no es solo la crisis económica. Es la falta de resistencia.


—La gente se deja dominar sin necesidad de que la caguen a palos. Nuestra militancia hoy tiene que ver con decirle a la gente: no, loco, tenés derecho a comer un bife. Y eso es muy peligroso. Cuando la gente se resigna, cuando se deja dominar sin necesidad de que la caguen a palos, ahí hay un problema muy profundo. Nos va a llevar mucho tiempo hasta que surja una dirigencia combativa.


—Estamos complicados. Te doy un ejemplo: las marchas de los miércoles en Capital Federal. No puede ser, carajo, que hoy los jubilados sean los que nos enseñen a tener constancia de lucha. Veo esta situación como una bisagra horrible a una puerta espantosa. Perdón por la analogía, se me acaba de ocurrir.



Qué hacer”


Hablando acerca de la militancia de hoy y de cómo hacerle frente a un gobierno como este, dice:


—Hay que juntarse a leer . Hacer círculos de lectura. Leer algo y discutirlo. Las generaciones más jóvenes están completamente tomadas por esta suerte de desconexión con el otro.


No lo plantea como nostalgia.


Lo plantea como estrategia.


—También creo que hay que cambiar la manera de hablar de política. Si vos vas y hablás de política, mucha gente te cierra la puerta. Entonces yo digo: no hablés de política. Hablá de cómo se vive. Hablá de cómo vive tu vecino. De cómo vivís vos. De lo que pasa en el barrio. Y ahí aparece la política. Lo que necesita la época que viene es ideología.


Insiste en leer. En leer algo político y discutirlo: -Lenín no viene mal. Pichón Rivière tampoco.


“Hay épocas en las que la lucha es formarte ideológicamente.


Porque es lo único que te sostiene.


Te lo dice alguien a quien le ocurrió todo lo imaginable, lo inimaginable.


Alguien que la pasó verdaderamente a oscuras.


En esos momentos, son las ideas que tenés en la cabeza las que te sostienen.


Son las que se quedan con vos, siempre.


Las ideas son lo único que no te pueden arrancar.


Hace una pausa.


Y vuelve a repetir algo que dijo al principio de la conversación:


—La única guerra que se pierde es la que no se pelea.




Rubén 


Rubén Marigo llegó a Bariloche el 7 de abril de 1973. Tenía poco más de veinte años y venía para trabajar como abogado del sindicato gastronómico.


Con el tiempo, se convirtió en una figura conocida en la ciudad: abogado laboralista durante más de cuarenta años, juez durante once y militante histórico de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).


En 2023 se jubiló, pero sigue participando activamente en la defensa de los derechos humanos.


Vivió la última dictadura militar en Bariloche y también la persecución política de aquellos años. En una entrevista con el diario Río Negro, dijo: “Tuve que irme unos meses a Esquel porque me avisaron que estaba en las carpetas negras. Cuando volví me citaron y me prohibieron ejercer derecho del trabajo”.


Al analizar la situación política actual en el marco del 50° aniversario del golpe, Rubén Marigo, referente de la APDH, establece un vínculo entre la dictadura militar de 1976 y el presente a través de la matriz económica.


Señala que hay un paralelismo, “el plan económico.” "Nosotros siempre decimos que nuestros compañeros desaparecidos fueron consecuencia de un plan económico muy similar a este. Los Rodrigo, los Martínez de Hoz, los Caputo… son todos exactamente la misma línea económica. Así que, en definitiva, hace años que es lo mismo".


—"No solamente se apropiaron de la vida y de los bienes de los desaparecidos, sino también de sus hijos, lo que demuestra toda la crueldad de la dictadura militar. Una crueldad amparada por muchos sectores de la clase dirigente argentina, como la oligarquía ganadera y sectores bancarios ligados a una política económica de entrega".


Memoria, Verdad y Justicia

Consultado sobre cómo se edificó la política de derechos humanos en el país, Marigo destaca que el motor principal fue la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.


— "La política de Memoria, Verdad y Justicia tiene mucho que ver con las luchas de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Ellas no solamente hicieron mucho por esto, que comenzó primero con la búsqueda de sus hijos desaparecidos, sino también con otras luchas, como la de las víctimas de violencia institucional incluso después de recuperada la democracia".


Para él, este legado es el que permitió romper la impunidad: "Ellas lograron que los genocidas pagaran, que no fueran inmunes, y además recuperaron a los hijos apropiados durante la dictadura militar. Por primera vez a sangre y fuego —más allá de antecedentes como los bombardeos de Plaza de Mayo— se utilizó un método como el de los desaparecidos. Eso es, en gran medida, la herencia de West Point*, de lo que estudiaron nuestros militares genocidas".


* Remite a la Doctrina de Seguridad Nacional yanquee que redefinió el enemigo: ya no era externo, sino interno. Bajo esa lógica, el “peligro” pasó a ser el pueblo —el comunismo, la militancia, la organización social—. Los altos mandos que encabezaron el golpe del ‘76, como Videla, aplicaron esas estrategias de contrainsurgencia y control social.


El avance de la derecha

Respecto a la actualidad, Marigo advierte sobre un quiebre en los consensos democráticos alcanzados: "El único riesgo que hay es el avance de la derecha. Pero no de una derecha tradicional, sino de una doble derecha muy fascista, muy anarcocapitalista, como se suelen designar ellos. Tienen una política negacionista que ya lo venían diciendo desde antes de las elecciones y que ahora están buscando seriamente avanzar hacia una amnistía para los genocidas".


Menciona como indicadores de este retroceso las visitas de legisladores a detenidos en Campo de Mayo y los discursos de odio instalados desde el Poder Ejecutivo: "El propio presidente instala discursos de odio: habla de 'viejos meados', acusa a todo el Congreso de ladrones… No hay sector que no haya sido atacado. Y sin embargo todavía mantiene un porcentaje importante de aceptación".


Desde su experiencia en Bariloche, dice que hablar con los pibes “no es fácil. Nosotros empezamos hablando de la violencia institucional, explicando qué es la violencia en los barrios. Porque la violencia institucional no ha desaparecido en nuestro país, sobre todo en los sectores más pobres, donde la policía sigue actuando de la misma manera.”


“Tratamos de explicar que esto forma parte de una metodología que tiene relación con lo que fue el terrorismo de Estado. Tenemos una policía claramente represiva y no de prevención. Hoy vemos cómo le pegan a jubilados, periodistas, pibes de los barrios. El compañero de la gorrita sigue siendo el detenido".


Sobre el debate por la baja de la edad de imputabilidad, sostiene: "Me parece una barbaridad. Primero porque contradice el derecho internacional y la protección de los derechos del niño. Acá se está atacando no las causas sino las consecuencias: pibes sin trabajo, sin salida, sin escuela. En Bariloche, por ejemplo, somos muy críticos de los lugares de detención; no hay lugares adecuados para chicos. Lo ideal sería que tengan acceso a la salud, a la educación y a la vivienda digna".


Una democracia real

Finalmente, Marigo reflexiona sobre la necesidad de pasar de una democracia formal a una democracia real con justicia social.


"Hay que recordar que hubo 30.000 compañeros desaparecidos que dieron la vida por una sociedad mejor. Una democracia con compañeros precarizados, con pobreza y salarios de hambre, es una democracia formal. Nosotros necesitamos una democracia real, con justicia social".


"La juventud tiene que tomar conciencia de que el 'sálvese quien pueda' no sirve. Los derechos sociales y los derechos humanos tienen que ser para todos. Mientras eso no ocurra, seguiremos teniendo una democracia incompleta".


Desde Buenos Aires, Rubén dice que es la primera vez que no va a poder estar el 24 de marzo en Bariloche, pero que va a acompañar a sus compañeros con todo su espíritu, a la mañana en la plaza de los pañuelos y los kultrunes y a la tarde con una gran movilización hasta el Centro Cívico, “como siempre, luchando por la defensa de los derechos humanos.”




Adriana


Nunca más. Pero nunca más en serio. Justicia, no impunidad, no olvido, no perdón. Yo no voy a perdonar a un asesino: lo quiero preso de por vida.


No solamente porque mató a mi papá, sino porque me mató el futuro. Me mató el futuro porque me puso a este gobierno de mierda que tengo ahora, que me saca todas las ganas de vivir.”


Llueve. Adriana Schwartz llega a la entrevista con una imagen que de alguna manera la antecede. En el asiento de atrás del auto tiene un cuadro sin enmarcar. Me lo muestra. Antes de empezar a hablar de su historia, se presenta desde la creación.


A mi papá se lo llevaron y nosotros quedamos en un silencio total, peligroso. Estábamos completamente indefensos.”


Cuenta que la pintura es parte de una muestra colectiva con la consigna de representar los signos del zoodíaco. En el caso de Adriana, la consigna se desborda. “Yo soy agua”, dice, en referencia a su signo, Escorpio. “No es agua quieta, no es agua mansa: es agua en movimiento, en ebullición.”


Podían habernos chupado a todos, pero nos dejaron a nosotros y estábamos perseguidos. En la esquina de nuestra casa había un Ford Falcon todas las noches en Buenos Aires.”


Hay algo indómito en su manera de habitar el mundo, de pintar y de hablar de la Argentina de hoy. Me cuenta más de la obra con un entusiasmo contagioso.


Nos fuimos de acá -del sur-, nos fuimos para Buenos Aires buscando a papá. Mamá fue a hacer el habeas corpus, lo que corresponde, lo que se tenía que hacer. La basurearon de todas las maneras posibles, porque los militares tenían impunidad total.


Porque no se guiaban por ningún tipo de ley. Porque se hacía lo que ellos querían y se acabó.


Y porque tenía las armas.”


Me dice que ella también es “caballo de fuego” en el horóscopo chino, que por eso aparecen caballos en la obra y que también por eso está pintado con colores intensos: rojos, violetas: “Como soy yo”.


Si vamos a hablar de Nunca más, organicémonos. Organicémonos para que realmente sea Nunca más. Nunca más: a esto no lo queremos.”



Memoria sin acción, memoria vacía


Adriana Schwartz es artista, da clases de acuarela y está jubilada. Vio a su papá por última vez el 1 de abril de 1978. Julio César Schwartz fue detenido en Villa Turismo, El Bolsón y trasladado a un Centro Clandestino de Detención en Buenos Aires.


Para ella, el 24 de marzo es la fecha “donde impusieron el olvido.”


—Nos impusieron un olvido, no solamente de otros tipos de gobiernos que se estaban gestando, de la posibilidad de una revolución socialista. También nos impusieron esta idea de que la política es mala. Claro, la política es mala en la medida en que la manejemos los pobres. La política es mala si atenta contra los intereses del capitalismo.


“¿De qué memoria me hablan si no hay acción? La memoria sin acciones no sirve. Porque nos terminan manejando los de afuera, nos maneja Estados Unidos, que quiere eso: que seamos su patio trasero”. Adriana refuerza la idea de que para luchar contra este olvido impuesto necesitamos reivindicar que “hubo movimiento de guerrilleros, gente luchadora que no quería que estuviéramos sometidos abajo de la pata del imperialismo. Permitir que nos saquen derechos es cagarnos en la memoria de cada uno de los luchadores y combatientes de toda nuestra historia. Todos los que lucharon por una sociedad mejor.” Nombrarlo, al olvido, es echar luz sobre la memoria.


Para ella, el modelo económico de la Argentina de hoy “es un calco” del modelo impuesto por José Alfredo Martínez de Hoz, ministro durante la dictadura argentina, que promovió un plan neoliberal orientado a la apertura comercial, desregulación financiera y reducción del rol del Estado. “Lo que pasa es que como ese modelo no funcionó en dictadura, lo metieron en democracia. Por eso tenemos el gobierno que tenemos. En la medida en que sigamos votando a gobiernos tibios o gobiernos no comprometidos 100% con la sociedad, le estamos dando las llaves al neoliberalismo para que entre.”


Ante este escenario, advierte que la tensión social va a crecer, porque mientras tanto “nos están matando pacíficamente.” En momentos donde “no se puede manifestar uno en la calle,” la solución pacífica no termina de cerrarle.


— A los abuelos lo están golpeando... pacíficamente. Y pacíficamente nada, no hay nada pacífico en lo que están haciendo. Lo que están haciendo es realmente muy agresivo y muy violento. Porque le están sacando el pan a la gente que no tiene de dónde sacar para comer. [Nosotros] Pacíficos no, porque siendo pacíficos nos sacaron derechos.”


Arte y búsqueda


En medio de la intensidad política, aparece otro territorio: el arte. La acuarela no es solo técnica. Es refugio, exploración: “Es mágica”, dice.


En uno de sus trabajos más recientes, la memoria se vuelve imagen. Cuenta que participó de un afiche colectivo por los 50 años del golpe y que su aporte nació en un lugar cargado de sentido: el Memorial y Museo Malvinas, Antártida y Atlántico Sur.


“Me senté ahí, donde está el avión, y pinté el memorial. Arriba le puse un pañuelo”, explica. El pañuelo —símbolo de las Madres— aparece como puente entre dos momentos históricos.


“La guerra de Malvinas fue el último manotazo de la dictadura. Venían desapareciendo a los jóvenes, y a los que no pudieron agarrar, los mandaron a la guerra”, dice.


Ese daño, asegura, no terminó. Persiste en los cuerpos, en las biografías, en lo invisible.


“Todos los que fuimos atravesados por la dictadura tenemos algo de eso”, afirma. Y lo baja a su propia experiencia: habla de estrés postraumático, de momentos en los que se retrae, de una marca que opera incluso décadas después.


La herida también aparece en lo cotidiano, escenas mínimas pero contundentes: “A veces voy caminando por la calle, veo a alguien y mi cabeza hace un click. Como si todavía estuviera buscando a mi viejo”.


Nombrar la pérdida sigue siendo difícil. “Decir ‘mi viejo está muerto’ es una frase que todavía no me sale natural. Tengo que pensarla antes”.


“No alcanza con decir que no queremos otro golpe. Eso ya lo sabemos”, plantea. Para ella, el problema es más profundo: “las cosas se fueron acomodando dentro de la democracia”.


En su obra, por ahora, no hay política. Pero sabe que hay otra capa en construcción. “Me interesa la imagen social. Un niño pintando un pañuelo en una plaza tiene más fuerza que cualquier paisaje”.


Esa búsqueda empieza a tomar forma. Ya proyecta obras nuevas.


Nunca Más”


La entrevista termina como empezó: con la certeza de que la memoria no es pasado.


“Mi viejo hoy estaría pateando la puerta de la Casa Rosada”, dice.


Y deja una última idea que atraviesa la conversación: la memoria, sin acción, no alcanza.


Para ella, el “Nunca Más” surge en un momento concreto: “cuando estábamos todos conmocionados por lo que habían hecho”. Fue, dice, una respuesta necesaria frente al terror vivido. En ese contexto, el regreso de la democracia trajo cierto alivio: “sirvió en su momento, lloramos un montón, nos pudimos liberar de toda esa carga”.


“Hoy cayó por su propio peso”, afirma, porque “no hubo justicia” y “hay represores en puestos de poder”. Para ella, el problema es que el aparato represivo y las lógicas que lo sostuvieron siguen vigentes. Por eso insiste en que el “Nunca Más” no puede ser solo una consigna: “si vamos a hablar de Nunca Más, tiene que ser en serio”.


La conclusión es clara: el “Nunca Más” solo tiene sentido si implica acción colectiva.


El 24 de marzo, entonces, no es solo recordar.


Es decidir qué hacer con esa memoria.



Mariana


Mariana Bettanin habla como mira: con claridad. Ojos claros, voz dulce pero firme. No esquiva lo oscuro, pero tampoco se queda ahí. Hay algo en su presencia que desarma la solemnidad sin quitarle peso a lo que dice.


Se ríe cuando intenta explicarlo. Dice que tiene “síndrome del optimista”. Que no es ingenuidad: sabe lo que pasó, lo nombra, lo reconoce. Pero igual ve luz. Y en esa tensión —entre lo que fue difícil y lo que todavía puede ser— se mueve su historia.


Habla de la primera entrevista que le hicieron en la radio, después de que circulara por Bariloche el dato de que era familiar de desaparecidos. -El entrevistador me preguntó cómo había vivido esa época tan oscura y le dije: Para mí no fue oscura. Pobre, lo descoloqué. Mariana aclara que “no fue oscura porque la viví dentro de una familia que me dio amor y siempre me dijo la verdad sobre lo que estaba pasando.”


Mariana es la mayor de las tres hijas de Leonardo Bettanin, militante de Montoneros, asesinado el 2 de enero de 1977 en un operativo en la ciudad de Rosario.


Cuando vuelve a esos años, podría quedarse en el encierro, pero no. Su mamá era presa política, junto a otras detenidas (entre ellas su abuela paterna), en un pabellón muy chico. Pero lo que aparece no es eso. Lo que vuelve es la risa.


Se acuerda de momentos que le contaron: hacer ejercicio en una celda, inventar movimiento donde no lo había. Con alegría. Y otra imagen, medio absurda y profundamente humana: una palta. La comida dependía de lo que acercaban los familiares, y ese día hubo una. La celebraron. Se hicieron una máscara para la cara. Se rieron.


Festejaron una palta.


Capaz que el optimismo empezó ahí.


No niega lo que pasó. Pero tampoco lo vuelve un bloque rígido. Habla de memoria con matices, con dudas, sin bajar línea. Dice que la sociedad no es homogénea, que hay muchas formas de mirar el pasado, que los procesos históricos no se resuelven de un día para el otro. Cincuenta años pueden parecer mucho, pero para la historia de un país es poco.


Desde hace más de dos décadas trabaja es voluntaria en la Red por la Identidad de los Lagos del Sur, que colabora con Abuelas de Plaza de Mayo y la Comisión Nacional por la Identidad (CONADI), en Bariloche y la zona andina. Entrevista, escucha, acompaña. Lo hace desde un lugar silencioso pero decisivo: el de quienes sostienen la búsqueda. Habla de la confidencialidad como una ética, de la confianza como un valor insoslayable y construido en el tiempo.


El objetivo sigue siendo encontrar a los nietos que faltan. Pero en el camino aparecen otras historias: personas que descubren que no son hijos biológicos de quienes los criaron, buscan su raíces biológicas y empiezan a reconstruir quiénes son. La CONADI toma estos casos que no están vinculados a razones políticas, y la Red los escucha también.


El trabajo de Mariana con el derecho a la identidad empieza antes de Bariloche. En Buenos Aires, colaboró con Abuelas de Plaza de Mayo en el Archivo Biográfico Familiar, un proyecto pensado para reconstruir la historia de los nietos apropiados. “Era un laburo increíble. Se entrevistaba a hermanos, padres, compañeros de escuela, de militancia. Se armaban carpetas con toda esa información para que, si el nieto aparecía, pudiera conocer su historia. Y pasó: se entregaron muchas de esas carpetas”.



Cuando en 2003 se muda a Bariloche, Abuelas lanza la Red por la Identidad para ampliar su alcance territorial. “No todo el mundo podía viajar a Buenos Aires, Córdoba o Rosario. La red se armó con una lógica amplia y diversa: “No fue solo convocar individuos. Un abogado, Darío Duch, que ya falleció, propuso armarla con instituciones. Entonces se sumaron bibliotecas, sindicatos, gente de El Bolsón, de Villa La Angostura, trabajadores, microemprendedores. Fue una red muy heterogénea”.


Nunca fueron muchos los que estaban en el grupo constantemente, dice. Un grupo chico empujando, y sí muchos otros acompañando. Lo suficiente para sostener en el tiempo algo que, por definición, no tiene resultados inmediatos. Porque a veces no hay restitución. Pero sí hay verdad. Y eso también mueve todo. “Trabajás con algo muy sensible. Y acompañar esos procesos genera cambios muy profundos”.


“No hemos tenido todavía un caso positivo de un nieto restituído acá, pero sí acompañamos a personas que no eran hijos biológicos quienes los criaron. Y pudieron reencontrarse con su familia. Eso es enorme”.


“Trabajás con algo muy sensible. La identidad te atraviesa. Y acompañar esos procesos genera cambios muy profundos en las personas”.


Cuando habla de los pibes, aparece de nuevo su marca: optimismo. No idealiza ni condena. “Tengo una hija de 14, otra de 19 que vive en Buenos Aires y un hijo de 23 en Barcelona. Además sobrinos, hijastros… estoy rodeada”.


Desde ahí ve algo claro: es una generación más libre en muchos aspectos. Más abierta, más permeable a la diversidad, más cómoda con ser quien es. Pero también ve lo otro: ansiedad, miedos, incertidumbre. “Les toca un momento histórico muy difícil. No hay muchas certezas para nadie”.


En un momento de la charla hace una autocrítica. “Hubo momentos en que el foco de lo que se entendía por "justicia" estuvo centrado muy específicamente en la dictadura y se dejaron de lado otros problemas del presente”. Nombra algunos: pobreza, desigualdad, recursos naturales.


“Si el discurso es solo ese, no alcanza. En muchos casos eso terminó alejando esta historia de la gente”. No lo dice desde afuera. Lo dice desde adentro. “Yo trabajo con Abuelas, lo hago convencida. Pero también veo familias viviendo muy mal hace décadas. Y eso también tiene que estar en la discusión”.


“Para mí, figuras como Milei expresan un agotamiento de la sociedad. No aparecen de la nada”. Lo piensa como parte de un proceso más largo. “Hay una ruptura, pero canalizada de otra manera”.


Igual, se corre de las simplificaciones.


“No creo que toda la sociedad piense como el gobierno. Ni cerca. Es mucho más diversa”.

Su lugar hoy es otro. “Estoy bastante desencantada con la política partidaria. Esa lógica de ‘soy de tal o de cual’ no me interesa mucho. Creo que hacen falta consensos que no respondan a los intereses de los partidos.”


Y tira una que queda resonando: “No hay buenas ofertas políticas. Y si no reconocemos eso, la cosa no va a caminar”.


Cuando aparece el “Nunca Más”, dice: “Es fundamental conocer la historia. Pero sin trasladar categorías del pasado al presente. Ahí muchas veces la pifiamos”.


Propone otra cosa: pensar. “Potenciar el pensamiento crítico. Cuestionar todo, incluso lo que uno cree que está bien”.


“Eso no se hace solo. Se construye con otros, discutiendo, intercambiando. Hay cosas muy buenas pasando. Grupos, organizaciones, pibes que se mueven”.


No niega el momento. Pero tampoco se queda ahí.


Se trata —dice— de entender el presente, aprender del pasado y animarse a construir algo distinto.




Emi


Emilia Herman recuerda las formas en que, de niña, intentaba procesar lo incomprensible: “me crié con la ilusión de que iba a caminar por la calle y me iba a encontrar a alguien muy igual a mí… y que mi tío tenía amnesia”. Esa fantasía de la infancia “es parte de la horrorosa estrategia de la desaparición… no hay un cierre, no hay algo que se finaliza”.


A 50 años del golpe del ‘76, el testimonio de la sobrina de Juan Marcos Herman, detenido-desaparecido el 16 de julio de 1977 en Bariloche, recorre el impacto íntimo de la desaparición forzada, las deudas de la justicia y los paralelismos con el momento político. Entre el dolor heredado y la memoria activa, una certeza: “la memoria no es un dato, son relatos que se entrelazan”.


Pero si bien el análisis político traza el contexto, es en la historia familiar donde esa violencia adquiere cuerpo. Su tío Juan fue secuestrado y desaparecido durante la dictadura. Y ese hecho, lejos de quedar en el pasado, aún late con el peso de la ausencia.


“En mi familia siempre se respiró dolor”, dice sin rodeos. Y detalla: “yo tuve una abuela completamente deprimida, que en los últimos años había caído en el alcoholismo para afrontar el dolor de que le hayan secuestrado, torturado y desaparecido un hijo”.

La desaparición no sólo arrasó con una vida: reorganizó a toda la familia. “Mi papá y mi tía tuvieron que volver a Bariloche, no por deseo, sino por una cuestión de cuidado y contención de sus padres, que estaban devastados”.


Fue en ese mismo entramado que la memoria se volvió una práctica cotidiana. “Mi papá siempre nos habló mucho de lo de mi tío… y eso es fundamental”. El silencio en su casa nunca fue una opción: “nunca fue un tabú”. Ese hacer memoria en su vida cotidiana tuvo efectos concretos: “Yo nunca fui lo suficientemente chica como para no entender que tenía un tío desaparecido”.


Con esta consciencia, escribió en su adolescencia:


"Y si tu cuerpo yace en el fondo bailando entre las aguas

o bajo tierra riega un árbol con lágrimas

Y si tu cuerpo dejó de ser cuerpo para ser ceniza y polvo

o si es un cuerpo vivo oprimido y con muerte

Y si tu cuerpo sangra odio y gritos o si no hace, ni dice, ni teme

solo va

Y si tu cuerpo sigue desaparecido sin que podamos enterrarlo ni llorarlo

Y si tu cuerpo ya está muerto

por qué no sé dónde está"


En este punto, encontramos en su relato una dimensión clave: la necesidad de sostener la identidad de quienes fueron desaparecidos más allá de su condición de víctimas. “En lo social era una persona, como un símbolo… y obvio que tiene que ser un símbolo, una lucha, pero también no hay que perder de vista a la persona”. Y remata: “de los 30.000, cada uno era una persona, con sus gustos, con sus mañas, con sus anhelos”.

Los procesos judiciales aparecen como un intento —incompleto— de reparación. Su familia participó en los juicios, tanto a comienzos de los 2000 como en 2019. “Fue muy emotivo, pero también muy triste”, recuerda. Por un lado, reconoce el valor de haber llegado a esa instancia: “es algo que no todos pudieron”. Pero por otro, la frustración persiste: “las condenas fueron miserables ¿Cómo una persona que secuestró a un montón de gente va a tener solo dos años de prisión? Hubo un inicio de justicia, pero no un hecho verdaderamente reparador”.


La falta de información sobre el destino final de su tío sigue siendo central: “no sabemos dónde está el cuerpo, no sabemos cuándo murió, cómo murió… entonces hay algo que no sana todavía.”


Esa herida abierta conecta directamente con las consignas históricas que sostenemos: Memoria, Verdad y Justicia no son una repetición ritual, sino una necesidad vigente. Retoma las discusiones en torno a la cifra de desaparecidos: “30.000 es una cifra aproximada y simbólica… y probablemente se queda corta”.


Explica que muchas familias no pudieron declarar o no supieron qué había ocurrido, lo que deja, aún hoy, zonas enteras de la historia sin reconstruir. “La verdad está muy velada, deformada, maltratada”.


Por eso, insiste en la importancia de transmitir estas historias a las nuevas generaciones. “Ese es el trabajo”, dice y recupera una frase conocida pero no por eso menos urgente: “historia que no se aprende, se repite”.


En este nuevo aniversario de la última dictadura cívico-militar, la memoria vuelve a ocupar un lugar urgente. No sólo como reconstrucción del pasado, sino como herramienta para leer nuestra actualidad. En ese cruce, Emilia no duda: “claramente hay paralelismos. Obviamente que no es lo mismo un gobierno de facto que un gobierno democrático —aclara—, pero dentro de las medidas se están planteando medidas anti pueblo como se plantearon en los 70: quitar derechos a los trabajadores, a las personas con discapacidad, a las personas jubiladas, a los estudiantes; coartar la ciencia, coartar la salud”. Luego sintetiza: “es el mismo plan con otra cara”.



En su lectura, se trata de una continuidad en la lógica del despojo: “toda esta lógica vendepatria de atacar la autonomía también como país en todos los aspectos: ciencia, cultura, soberanía”.


Hacia el final, nos regala una definición de memoria que abre otra dimensión, menos ligada a la denuncia y más cercana a la reconstrucción. “La memoria no es un dato”, afirma. “Son relatos [...] relatos que se entrelazan, que a veces comparten puntos de vista y a veces no, pero que conllevan escucharnos, mirarnos”.


En esa imagen —la del tejido, el hilvanado— aparece una forma de resistencia y también de reparación. “Tiene mucho de lo oral, de poder poner en palabras la historia vivida”, dice.

Así, la memoria deja de ser solo un archivo del horror para convertirse en una práctica viva, una forma de traer nuevamente a quienes faltan e impedir que la desaparición cumpla su objetivo final. “La memoria se construye desde lo colectivo”.


¿Cómo era Juan? ¿Cuál era su postre favorito? ¿Le gustaba repetir o guardaba la parte más rica de la comida para el final? ¿Cómo mostraba que estaba enojado: se callaba, levantaba la voz, se iba? ¿Cómo sería su risa: corta, contagiosa, desbordada? ¿Qué cara ponía al tener 33 de envido? ¿Jugaba bien a la pelota? ¿Cantaba, leía? ¿Se enamoraba fácil? ¿Tenía una canción o una película favorita? ¿Miraba a los ojos al hablar? ¿Cómo caminaba, rápido, distraído? ¿Abrazaba fuerte o con timidez? Todas estas preguntas están inevitablemente teñidas del vacío que deja la ausencia, de los cumpleaños que no fueron, de las discusiones que no hubo, de los días que no estuvo. 


¿Cómo le hubieran quedado las canas?


Tenía tan sólo 22 años cuando nos empezó a faltar.

 
 
 

1 comentario


jorgelayana2016
25 mar

En primer lugar mis felicitaciones , es muy auspicioso el esfuerzo que realizan , con la frescura de unir el arte y la creatividad a la organización popular y la construcción política. Dicho ésto y como aporte, me parece que en el tema de la recordación del Golpe de Estado del 76 se cae en el camino ya transitado ( y no por esto adecuado y valorable) de los Organismos de Derechos Humanos y dentro de éste ,en la victimización de quienes fueron perseguidos por ese Régimen. En ésto, me permito decir que una agrupación nueva, debe ser valiente y caminar huellas no tan abordadas. En lo que corresponde a la militancia por Memoria…

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